Llegamos a buen puerto. “Pide que muchas sean las mañanas de verano en que llegues -¡con qué placer y alegría!- a puertos nunca vistos”. Pero las mañanas del “Viaje a Ítaca” de Kavafis las cambiaremos por nuestro “capvespre” y “l’horabaixa” de les Balears. En este Mediterráneo occidental, de poniente, cae dulce y lánguida la tarde. Nos seduce el anochecer. Centellea el agua: el crepúsculo le arranca destellos rojos y violetas. Los tensos obenques y drizas silban como cuerdas de violín que tañe la brisa. Los aparejos cascabelean. Los veleros descansan abarloados, esa palabra que a Torrente Ballester le resultaba “seductora, casi fascinante”. Diremos con Elvira Sastre que “perdimos el rumbo para encontrar la vida”. Diremos que el astrolabio, el buscador de estrellas, nos ha guiado hasta aquí, a este puerto del meridiano cero. Cero y de Greenwich: el meridiano primero, el que sirve de punto de partida para trazar todas las coordenadas, las líneas imaginarias que ordenan el desbarajuste del mundo. La irrealidad da sentido a la realidad.

Por Valencia

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