La manera en que la música urbana ha acabado llevándose por delante no solo a las muchachadas sino a familias enteras en estadios de medio mundo ha sido más sencilla de lo que se decía: bastaba con acudir a los viejos materiales, las percusiones, las cuerdas de nilón y la pegada de los metales. Calidez, tacto, roce físico. Ecos muy carnosos de la salsa brava y los palos tradicionales de Puerto Rico, como los que propulsaron este viernes a Bad Bunny en un concierto portador de fiesta, disrupción cultural y orgullo latino, en el Estadi Olímpic de Barcelona, apertura de la pata europea del ‘tour’ ‘Debí tirar más fotos’ (ante 59.000 personas, cifra de Live Nation).

Por Valencia

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