El corazón por la boca en cada muletazo de Samuel Navalón. En cada reunión frente a sus dos toros, la emoción reptaba por los tendidos, como un furtivo postulado a ser el triunfador de la feria, bajo la oscura marquesina de su cuerpo dado, ofrecido y despojado de cualquier aprecio. Y a cualquier precio también, casi sin decidir con qué argumentos, pero incandescente en su pureza frente a su primero, que no le regaló nada, y frente a ‘Fulanillo’ -uno de los toros de la feria- para torear como pocas veces se le había visto aquí: con ese algo que va más allá de la técnica, el oficio y que conecta con la irrepetible experiencia de la vida y que es, como decíamos, la extenuante entrega al toro, con el vestido completamente ensangrentado como un cuchillo.
